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6TOROS6 : ¿ADÓNDE VAMOS A LLEGAR?

¿ADÓNDE VAMOS A LLEGAR?


6Toros6
¿ADÓNDE VAMOS A LLEGAR?
asta dónde puede evolucionar el toreo?”, me preguntó el otro día un alumno del curso de Periodismo Taurino de la Universidad Complutense de Madrid. Entre otras muchas suertes, habíamos estado hablando con detalle del pase natural, muletazo que me había servido para ejemplificar la evolución del toreo, desde lo que se escribió en las primeras tauromaquias (cuando lo llamaban pase regular) a lo que hacen los toreros actuales, pasando por las distintas aportaciones fundamentales de diestros esenciales en el desarrollo técnico del toreo, de Gallito y Belmonte a José Tomás, El Juli Talavante, y también por Chicuelo, Manolete, El Cordobés y Ojeda. Hablábamos de técnica y estética, pero no de historia del toreo, aunque resulta evidente que ésta no se entiende sin aquéllas. “¿Hasta dónde puede evolucionar el toreo?”, preguntó el alumno, y le di las dos únicas respuestas que podía darle: la primera y más lógica es que no lo sé; la segunda y más esperanzada es que intuyo que la evolución no tiene límite. Hablando de este tema debemos recordar una vez más que un crítico escribió a los pocos días de retirarse Guerrita que el toreo estaba a punto de acabarse, justo cuando sólo faltaban una docena de años para que en la Fiesta irrumpieran Gallito y Belmonte. Y lo dijo en 1899, precisamente el año en que tomó la alternativa Antonio Montes, al que Don Ventura consideró, igual que otros escritores, “un precursor de las normas belmontinas”. Y explicaba así cómo toreaba: “Dejaba llegar mucho al toro, hasta producir honda emoción, cargaba la suerte en aquel momento, enterraba los talones en la arena y los lances de capa o los pases adquirían un relieve poderosísimo”. El propio Belmonte reconoció la influencia de Montes, y así se lo dictó a Chaves Nogales para su famoso libro: “Bombita Hyy Machaquito eran entonces las figuras máximas del toreo; para la pandilla de San Jacinto eran dos estafermos ridículos. No teníamos más que una superstición, un verdadero mito que amorosamente habíamos elaborado: el de Antonio Montes. Lo único respetable para nosotros en la torería era aquella manera de torear que tenía Antonio Montes, de la que nos creíamos depositarios a través de unas vagas referencias. Todos nos hacíamos la ilusión de que toreábamos como toreó Montes”. El torero sevillano murió en México de una cornada en 1907, y por tanto no llegó a ver ni a disfrutar los resultados de su revolución. Por cierto, ¿qué pensaría Belmonte cuando en 1913 Bombita y Machaquito se retiraron en Madrid, entre el 19 y el 21 de octubre, después de que el trianero tomara la alternativa el 16 y de que Gallito triunfara a lo grande el día 19? El toreo ha estado a punto de acabarse ya tantas veces, que ni los aficionados más memoriosos llevarán la cuenta. ¿No estaba en las últimas, según decían los críticos más conspicuos de los años setenta y ochenta del siglo pasado? ¿No estaba dominado por la monotonía y el fraude, y hundido en los débiles remos de esos toros que tantas veces doblaban las manos? ¿Sospechaban acaso que los ganaderos iban a solucionar el problema y a criar un tipo de toro obligatoriamente grande y, pese a todo, necesariamente bien hecho, como son la gran mayoría de los toros actuales destinados a plazas de primera? ¿Imaginaban hasta dónde iban a llevar el toreo los seguidores de Ojeda? El problema de la evolución técnica del toreo es que ha variado sus ritmos. Si antes la contaban cuando históricamente ya se había consumado (discurría, por tanto, a saltos temporales), en la actualidad esa misma evolución es un todo continuo no siempre perceptible. Podemos compararlo con la diferencia que hay entre mirar fijamente las manillas de un reloj de esfera, que se ve el avance pero no cómo avanza, o mirarlo cada cinco minutos, donde los cambios son muy notorios. Pienso que eso es lo que pasó con las explicaciones que Pepe Hillo, Paquiro y Guerrita ofrecieron en sus respectivas Tauromaquias, publicadas en 1796, 1836 y 1896, respectivamente. Son interesantes sus palabras, porque ahí está la primera y fundamental revolución del toreo. Al hablar del pase regular, Hillo dice: “Para la suerte se pone la muleta al lado del cuerpo, y siempre cuadrada, y situado en el terreno del toro lo invita a partir, y lo recibe en dicha muleta al modo de la suerte de capa regular”. Paquiro, por su parte, ofrece una explicación muy interesante: “Tras el pase regular es preciso dar entonces el pase de pecho porque el salirse de la suerte [ganar un paso] y buscar otra vez proporción [cruzarse] para el pase regular [ligar] es deslucido, pues da idea o de miedo o de poca destreza”. Fundamentales palabras, igual que las de Guerrita: “Cuando el animal llegue a jurisdicción y tome el engaño se cargará la suerte, que se remata girando y estirando el brazo hacia atrás con sosiego, describiendo con los vuelos de la muleta un cuarto de círculo, a la vez que se imprime a los pies el movimiento preciso para que una vez terminado el pase quede el diestro en disposición de repetirlo”. Ahí está todo: la línea recta en Hillo, el cruzarse y la ligazón (reprochable, luego posible) en Paquiro, y la ligazón premeditada en Guerrita. Se habían necesitado de la primera a la última idea nada menos que cien años. ¿Qué habrían pensado los espectadores de Guerrita en 1899 si hubieran visto a Paquiro en 1836? Seguramente lo mismo que pensó aquel que no intuyó a Belmonte, y eso que tenía a Montes delante de sus narices. Está claro que es lo que pensaban los que llamaban “saco de patatas” a Ojeda y los que ahora niegan a José Tomás, El Juli, a Talavante ya Roca Rey. a
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